El “juego” que muchos imaginan no es un tablero ni cartas, sino una serie de gestos pequeños, un código que se transmite sin verbo estricto: el modo en que el tonto se sienta en el banco esperando que alguien le cuente un chisme; la forma en que ofrece su consuelo desprovisto de juicio; la inclinación exagerada de su sombrero cuando saluda a las niñas que corren. Es un juego social que modela la paciencia del pueblo, que le enseña a mirar con menos prisa y a reír con más suavidad.